José Ferrán · Artículos de psicología

·12 min de lectura

¿Es saludable ver películas de terror? La ciencia del miedo recreativo

Son las once de la noche. Pones Hereditary en la pantalla, sabiendo perfectamente lo que viene: una hora y media de angustia escalonada, escenas que vas a recordar mientras te lavas los dientes, un final que probablemente te quite el sueño. Y, sin embargo, lo eliges. No te obligan. No es una penitencia. Es viernes y quieres exactamente esto: pasar miedo.

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Las luces se apagan, el corazón se acelera (y algo, en el fondo, se calma) {#las-luces-se-apagan-el-corazon-se-acelera-y-algo-en-el-fondo-se-calma}

Son las once de la noche. Pones Hereditary en la pantalla, sabiendo perfectamente lo que viene: una hora y media de angustia escalonada, escenas que vas a recordar mientras te lavas los dientes, un final que probablemente te quite el sueño. Y, sin embargo, lo eliges. No te obligan. No es una penitencia. Es viernes y quieres exactamente esto: pasar miedo.

La pregunta que casi nadie se hace en serio es por qué. ¿Por qué un cerebro evolucionado durante millones de años para evitar amenazas paga dinero, dedica tiempo y se acuesta tarde para someterse voluntariamente a estímulos que imitan amenazas? La respuesta fácil es «morbo» o «escapismo». La respuesta interesante es otra: porque ese viernes nocturno frente a la pantalla puede ser, técnicamente, una forma de entrenamiento. Un gimnasio emocional al que vas voluntariamente para levantar pesas de miedo.

Este artículo defiende una tesis impopular entre quienes ven el género de terror como degradación cultural y entre quienes lo ven como simple consumo desechable: ver películas de terror, bien hechas y bien vistas, no es ni morbo ni evasión. Es entrenamiento emocional voluntario. Pero —y este pero importa— solo bajo ciertas condiciones.

El problema: lo que parece obvio no lo es {#el-problema-lo-que-parece-obvio-no-lo-es}

Hay una intuición popular que dice que el terror «te endurece» o, alternativamente, que «te enferma». Ambas afirmaciones son demasiado gruesas. La pregunta real es más fina: ¿qué hace específicamente el cerebro cuando se expone repetidamente, por elección propia, a estímulos que simulan peligro sin peligro real? ¿Y cómo se transfiere —si es que se transfiere— esa experiencia simulada al miedo de la vida cotidiana, ese miedo que sí duele, que no se apaga con el botón del control remoto?

El problema es que el miedo no es una sola cosa. Hay miedo agudo (el susto: alguien aparece detrás de la puerta), miedo sostenido (la atmósfera opresiva de una casa embrujada), miedo existencial (la conciencia de la propia mortalidad), y miedo traumático (el que reactiva heridas reales). Una película de terror puede tocar cualquiera de estos registros, y los efectos psicológicos varían enormemente según cuál active y, sobre todo, según quién esté del otro lado de la pantalla.

A esto se suma una variable que la psicología empírica recién está empezando a medir con seriedad: la postura del espectador. No es lo mismo ver Hereditary sabiendo que es ficción artísticamente construida —siguiendo los símbolos, anticipando las decisiones de cámara, dejándose afectar pero con conciencia de estar viendo una obra— que ver «algo de terror» en piloto automático mientras se mira el celular. La actividad cerebral, los marcadores fisiológicos y los efectos posteriores difieren. Y aquí entra otro factor que casi siempre se olvida: la cultura en la que el espectador aprendió a relacionarse con la muerte y con el miedo. No todos los públicos llegan a la pantalla con el mismo equipaje simbólico.

El terror, además, es de los pocos géneros donde el éxito se mide por la incomodidad. Si una comedia te hace incomodar, falló. Si El laberinto del fauno de Guillermo del Toro (2006) te incomoda, está cumpliendo. Esto es raro y merece ser pensado: ¿qué tipo de bien estamos buscando cuando buscamos voluntariamente sentirnos mal?

Lo que dice la ciencia {#lo-que-dice-la-ciencia}

La investigación empírica sobre el género ha crecido en la última década, y empieza a dibujar un mapa coherente. Una revisión amplia publicada en Frontiers in Psychology en 2019 sintetizó los hallazgos sobre por qué disfrutamos las películas de terror y concluyó algo que choca con el sentido común: los aficionados al género reportan, después de ver una película, emociones más positivas que las que tenían antes de verla. El mecanismo propuesto es la excitation transfer: la activación fisiológica del miedo, una vez retirada la amenaza ficcional, se reinterpreta como excitación placentera y alivio.

El dato más fuerte vino con la pandemia. Un estudio de Scrivner y colegas, publicado en 2021 (Scrivner et al., 2021), siguió a 310 personas durante el confinamiento por COVID-19 y encontró que los aficionados al terror y a contenidos de «curiosidad mórbida» mostraban menor distrés psicológico y mayor resiliencia que los no aficionados frente a una amenaza real y prolongada. Es decir: las personas que habían pasado años entrenándose voluntariamente con amenazas simuladas estaban mejor equipadas para afrontar una amenaza efectivamente presente. La correlación no prueba causalidad, pero el patrón es sugestivo.

En la misma línea, un estudio cualitativo italiano publicado en Frontiers in Psychiatry (2021) entrevistó a quince personas durante la pandemia sobre su consumo de cine trágico y de terror. Los participantes describían un proceso de catarsis: ver miedo elaborado artísticamente les permitía nombrar, organizar y descargar parte del miedo difuso que la pandemia había inyectado en su vida cotidiana. El terror, decían, les daba un contenedor para algo que de otro modo flotaba sin forma.

El cuerpo se acostumbra {#el-cuerpo-se-acostumbra}

Los estudios fisiológicos confirman lo que los aficionados saben por experiencia: el cuerpo se adapta. Una investigación publicada en Psychology of Music en 2022 midió respuesta galvánica de la piel y frecuencia cardíaca durante escenas de terror manipuladas con distintos tipos de música. Los aficionados al género mostraban habituación más rápida: sus picos fisiológicos eran menores y se normalizaban antes que los de los no aficionados. Lo mismo apareció en un estudio de pupilometría con 166 parejas (Graff et al., 2021): los fans del género presentaban dilatación pupilar más moderada ante clips de terror, y la presencia de la pareja amortiguaba aún más la respuesta.

Esto se conecta con lo que los biólogos evolutivos llaman threat simulation theory. Mathias Clasen, en Why Horror Seduces (NYU Press, 2017), articula esta idea con claridad: el terror cinematográfico funciona como un simulador de vuelo para el sistema de detección de amenazas. Repetir la simulación, en condiciones seguras, calibra y afina el sistema. No te vuelve insensible al miedo —eso sería un fallo del sistema, no una mejora—, sino que te enseña a procesarlo sin que el procesamiento te paralice. A esto podemos llamarlo tolerancia al miedo agudo: la capacidad desarrollada de sostener una activación fisiológica intensa sin colapsar la función cognitiva.

El cerebro que disfruta el susto {#el-cerebro-que-disfruta-el-susto}

A nivel neurológico, un estudio de neuroimagen publicado en 2024 (Zwiky et al., 2024) vinculó las preferencias por el terror a patrones de reactividad diferenciados en la amígdala y el núcleo accumbens, esa estructura central del sistema de recompensa dopaminérgico. En los aficionados, los estímulos de miedo activan no solo el circuito de alarma, sino también el de placer. La explicación más parsimoniosa es que el cerebro aprende a leer la activación fisiológica del miedo, en contexto seguro, como una señal de juego intenso, no de amenaza efectiva.

Otro trabajo reciente, de 2024 (Miller et al., 2023), aplica al terror el marco del predictive processing: el cerebro es una máquina de predicción que minimiza errores entre lo esperado y lo percibido, y el terror es un género especialmente diseñado para jugar con esa minimización. Te hace anticipar, fallar en la anticipación, ajustar el modelo, volver a fallar. Cada susto bien construido es un error de predicción gestionado en condiciones controladas. Esto es, literalmente, ejercicio cognitivo.

El factor decisivo: saber que es ficción {#el-factor-decisivo-saber-que-es-ficcion}

Aquí entra una variable crítica. Los teóricos de la comunicación Klimmt, Vorderer y Slater llevan años argumentando que el efecto emocional de cualquier ficción depende de un equilibrio fino entre presencia (la sensación de «estar dentro») y meta-conciencia (saber que es ficción). Si la presencia es total y la meta-conciencia se apaga, el miedo se vuelve trauma. Si la meta-conciencia domina y la presencia se apaga, no hay emoción real, solo ironía distante. El sweet spot es ambas cosas a la vez.

A este sweet spot lo llamaremos marco de juego meta-ficcional: una postura activa donde el espectador se permite sentir miedo genuino mientras sostiene, en paralelo, la conciencia de que está viendo una obra construida. Es la misma estructura cognitiva que opera en un niño cuando juega a la guerra: el palo es un rifle y sigue siendo un palo. Sin esa doble conciencia, el juego no funciona.

Un estudio publicado en Communication Research en 2024 (Das y de Graaf, 2024) mostró que las películas significativas centradas en la muerte podían reducir la ansiedad existencial y aumentar la aceptación de la mortalidad, especialmente en espectadores mayores. Pero solo cuando el marco era de elaboración —cuando la película invitaba a pensar la muerte, no solo a sobresaltarse con ella—. Esto es relevante para nuestra tesis: el efecto positivo no es automático. Depende de cómo se ve.

El marco cultural: dónde aprendemos a tener miedo {#el-marco-cultural-donde-aprendemos-a-tener-miedo}

Aquí es donde la psicología experimental, sola, se queda corta. Porque el miedo no se procesa en un cerebro abstracto, sino en uno que creció dentro de una tradición específica de relación con la muerte y con lo invisible.

Ernest Becker, en The Denial of Death (1973), planteó que la ansiedad ante la muerte es el motor oculto de la cultura humana: construimos religiones, naciones, obras de arte y proyectos heroicos en buena medida para amortiguar el horror de saber que vamos a morir. Esta intuición fue retomada por la Terror Management Theory (TMT), que ha generado cientos de estudios empíricos mostrando cómo los símbolos culturales operan como amortiguadores de la ansiedad existencial.

Lo interesante es que las culturas amortiguan distinto. Octavio Paz, en el capítulo «Todos Santos, Día de Muertos» de El laberinto de la soledad (1950), describe una elaboración simbólica donde la muerte se enfrenta cara a cara, se le ponen flores, se le canta, se le come pan en forma de hueso. Paz lo dice con una frase difícil de olvidar: el mexicano —matiz necesario: ciertas tradiciones que conviven en regiones de México, no un bloque homogéneo— «la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja». No es negación. Tampoco es morbo. Es lo que podríamos llamar miedo recreativo integrado: una práctica donde el miedo a la muerte tiene un lugar comunitario, ritualizado, repetido cada año.

Claudio Lomnitz, en Death and the Idea of Mexico (2005), profundiza esta línea mostrando cómo la identidad mexicana se construyó históricamente a través de discursos y rituales sobre la muerte que mezclaron capas indígenas, católicas y revolucionarias. La calavera no es solo un símbolo: es una pedagogía de la mortalidad acumulada durante siglos.

La película Coco (Pixar, 2017) —y conviene nombrarla con precisión: es cine estadounidense sobre cultura mexicana, no cine mexicano— hizo algo curioso: popularizó internacionalmente, en formato familiar y digerible, una cosmovisión donde los muertos visitan a los vivos, donde el olvido es la verdadera muerte, donde el altar es un puente. Para millones de niños fuera de México fue, posiblemente, su primera exposición a un modelo no occidental de relación con la muerte.

Esto contrasta con el modelo dominante en buena parte del consumo global de terror: una persona sola, en su cuarto, a las once de la noche, frente a una pantalla. Miedo individualizado, privatizado, sin ritual posterior. El cerebro hace su trabajo de simulación, sí, pero falta la capa simbólica que lo integre. La diferencia no es trivial. Una tradición de miedo recreativo integrado ofrece una infraestructura emocional —canciones, comidas, conversaciones con los abuelos— donde el miedo a la muerte tiene dónde aterrizar. El consumo nocturno solitario, no.

La tesis polémica: terror como gimnasio, con condiciones {#la-tesis-polemica-terror-como-gimnasio-con-condiciones}

Vamos al fondo. La tesis que defiendo es la siguiente: ver películas de terror es entrenamiento emocional voluntario, una forma de exposición controlada que desarrolla tolerancia al miedo agudo y, parcialmente, transfiere esa tolerancia a la vida real. Pero —y este pero es decisivo— solo cuando se ve dentro de un marco de juego meta-ficcional activo, no como consumo pasivo, y solo cuando existe alguna infraestructura simbólica donde la experiencia pueda integrarse después.

Esto significa varias cosas incómodas para distintos bandos.

Para quienes desprecian el género: no, no es vulgaridad ni regresión adolescente. Películas como Hereditary de Ari Aster (2018) son laboratorios emocionales serios. La película no entretiene en el sentido evasivo: te obliga a mirar el duelo, la herencia familiar tóxica, el aislamiento de una madre cuyo dolor nadie quiere escuchar. Si te dejas afectar, sales de la película habiendo procesado, aunque sea simbólicamente, materiales emocionales que en la vida real evitas.

Para quienes consumen terror compulsivamente sin pensarlo: no, no cualquier consumo cuenta. Ver veinte películas de slasher en piloto automático mientras revisas el celular no es entrenamiento emocional, es ruido sensorial. El efecto beneficioso depende de una postura activa: anticipar, interpretar, dejarse afectar, conversarlo después. Sin esa actividad, lo que queda es el desgaste sin la calibración.

Para quienes idealizan el cine «elevado» frente al de género: El laberinto del fauno es género —fantasía oscura, terror infantil con criaturas que se comen niños— y es, simultáneamente, una de las elaboraciones cinematográficas más serias del trauma de la posguerra civil española. Del Toro entendió algo central: el miedo cinematográfico, bien dirigido, no evoca el horror, lo procesa. Es herramienta, no decorado.

Y para quienes piensan que el terror es universal: no del todo. La tradición simbólica importa. Crecer en un contexto donde el Día de Muertos forma parte de la vida ofrece un andamiaje que un consumo de terror puramente individualista no tiene. Esto no significa que una tradición sea mejor que otra —cuidado con las jerarquías morales—, sino que las condiciones de eficacia del entrenamiento emocional dependen del entorno simbólico donde se practica.

Vale la pena volver, por un momento, a Coco. Que sea producción de Pixar —cine estadounidense— no invalida su efecto real: que millones de personas en todo el mundo accedieran a un marco simbólico donde la muerte no es una ruptura sino una continuidad. Pero sí señala un límite importante: consumir esa representación en formato de entretenimiento no equivale a sostenerla como práctica viva. El miedo recreativo integrado que elabora la tradición del Día de Muertos no nace de ver una película, sino de un tejido de rituales, narrativas familiares y comunidad. El cine puede abrir una puerta; no puede construir la casa.

La hipótesis es falsable. Si fuera cierta, esperaríamos que aficionados al terror, expuestos a estresores reales, mostraran mejor regulación emocional que no aficionados. Eso es exactamente lo que encontró el estudio de pandemia. Esperaríamos respuestas fisiológicas atenuadas con la repetición. Eso es lo que muestran los estudios de pupilometría y conductancia. Esperaríamos que el efecto desapareciera cuando la meta-conciencia se pierde. Eso es lo que sugieren los modelos de presencia y transportación. La evidencia es parcial, pero coherente.

Cierre: el viernes a la noche, otra vez {#cierre-el-viernes-a-la-noche-otra-vez}

Volvamos al viernes a la noche, a las once. La pantalla encendida, Hereditary en pausa, el corazón anticipando. Lo que estás por hacer no es escapismo ni morbo. Es algo más raro y más antiguo: una versión cinematográfica de algo que los seres humanos vienen haciendo desde que se contaban historias alrededor del fuego. Convocar voluntariamente lo que se teme, en condiciones donde no puede dañarte, para volver de la experiencia con un poco más de músculo emocional.

Esto no convierte al terror en remedio universal. Hay personas para quienes una película puede ser detonante de ansiedad genuina; hay edades en las que la meta-conciencia ficcional aún no está formada; hay consumos compulsivos que dejan de ser entrenamiento y se vuelven anestesia. La práctica tiene condiciones, como cualquier práctica seria.

Pero la próxima vez que alguien te diga, con cierto desdén, que no entiende cómo puedes ver «esas cosas», tienes una respuesta que no es defensiva. Le puedes decir que estás haciendo, en miniatura y por dos horas, lo mismo que hacían los pueblos que aprendieron a poner flores en las tumbas, a comer pan con forma de hueso, a llamar a sus muertos por su nombre. Estás aprendiendo, lentamente, a no apartar la mirada. Y eso, que parece un lujo nocturno, puede ser —cuando la vida real te golpee— una de las habilidades más útiles que tengas.

Referencias {#referencias}

Becker, E. (1973). The Denial of Death. Free Press.

Clasen, M. (2017). Why Horror Seduces. NYU Press.

Clasen, M., Kjeldgaard-Christiansen, J., & Johnson, J. A. (2019). (Why) Do You Like Scary Movies? A Review of the Empirical Research on Psychological Responses to Horror Films. Frontiers in Psychology, 10, 2298. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2019.02298

Lomnitz, C. (2005). Death and the Idea of Mexico. Zone Books.

Mendolia, M., et al. (2021). Catharsis Through Cinema: An Italian Qualitative Study on Watching Tragedies to Mitigate the Fear of COVID-19. Frontiers in Psychiatry. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2021.622174.

Paz, O. (1950). El laberinto de la soledad. Cuadernos Americanos.

Scrivner, C., Johnson, J. A., Kjeldgaard-Christiansen, J., & Clasen, M. (2021). Pandemic practice: Horror fans and morbidly curious individuals are more psychologically resilient during the COVID-19 pandemic. https://doi.org/10.1016/j.paid.2020.110397.

Studio sobre música y terror. (2022). More horror due to specific music placement? Effects of film music on psychophysiological responses. Psychology of Music. https://doi.org/10.1177/03057356211073478

Estudio sobre estrés universitario y preferencias cinematográficas. (2021). Frontiers in Psychology. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2021.761340

Estudio sobre películas significativas y trascendencia del miedo. (2024). When Meaningful Movies Invite Fear Transcendence: An Extended Terror Management Perspective. Communication Research. https://doi.org/10.1177/00936502241247868

Estudio de pupilometría en parejas. (2021). Spousal emotional support and relationship quality buffers pupillary response to horror clips. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0256823.

Estudio de procesamiento predictivo y terror. (2024). Surfing uncertainty with screams: predictive processing, error dynamics and horror. https://doi.org/10.1098/rstb.2022.0425.

Estudio de neuroimagen y preferencias cinematográficas. (2024). How movies move us — movie preferences are linked to differences in neuronal emotional processing. https://doi.org/10.3389/fnbeh.2024.1396811.

Estudio sobre excitación y disfrute en terror. (2024). The role of excitement and enjoyment through subjective evaluation of horror films. https://doi.org/10.1038/s41598-024-53533-y.

Estudio sobre afectos y afordancias ambientales. (2024). Subjective affective experience under threat is shaped by environmental affordances. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0310359.